Un año de la injusta persecución a mi hermana Violeta

27.06.2018 12:41

Por: Samuel Arango Ramírez

 

“Aquel que en su país defiende el silencio, siempre está protegido por un aparato de represión. Por eso la lucha contra el silencio resulta tan difícil”. (Ryszard Kapuscinski)

En Colombia nos debatimos entre la guerra y la paz, a grosso modo, la primera implica la continuación de un régimen de castas, donde los apellidos y las cunas determinan quienes van a decidir por nosotros los de a pie; de otro lado las expectativas de paz implican que el mal gobierno acabe y exista la posibilidad de construir una democracia desde y por los de abajo, De esta forma emerge un conflicto que desata diferentes violencias.

Así el movimiento social y ambientalista de la Colombia profunda sufre amenazas y homicidios que pasan desapercibidos e impunes, por proponer una relación armónica con la naturaleza, lo cual replantea los megaproyectos de hidroeléctricas, minería y explotación de hidrocarburos, además de oponerse a la erradicación forzada de la coca, en fin, por plantear relaciones comunitarias por encima de los negocios de los terratenientes, políticos y empresarios anclados desde la época de la colonia. Se adelanta entonces un genocidio sobre el cual es inútil arrojar cifras, pues estas aumentan con el paso de las semanas y el país guarda un silencio similar a la estupidez.


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