Palabras de entrada

06.11.2019 11:42

Con cierta nostalgia no exenta de una sutil alegría, he revivido en estos relatos autobiográficos y de personajes anónimos los días en que todo lo que caía en mis manos era nuevo: el río Guayabero con sus orillas desbarrancándose en la época de la lluvia blanca y de crecientes llamadas conejeras que arrancaban árboles gigantescos como si fueran hojas secas; las colonas haciendo cola en las peluquerías de San José del Guaviare para mandarse cortar el pelo y maquillarse, dejando sus botas de caucho en la entrada; las droguerías —las farmacias habían pasado de moda— llenas de gente esperando turno para inyectarse sueros reconstituyentes —azules, rojos y morados—, y unas casas en la periferia de pueblos nuevos a donde llegaban los campesinos con caras temblorosas y salían res- plandecientes de felicidad, pisando firme y mirando a la cara. Era otro mundo. 

Un mundo que parecía recién nacido, cuyo secreto todos conocían y sobre el cual nadie osaba hablar, como si al nombrarlo fuera a escabullirse. Eran gentes que traían a cuestas un pasado ignominioso y miserable, que habían atravesado el valle del Magdalena y trasmontado la Cordillera Oriental para tumbar la selva y encontrar un lugar donde los niños pudieran volver a comer panela, las muje- res leche de la palma milpé para amamantar a sus crías y las bestias revolcarse en el suelo para quitarse el peso de las enjalmas y el peso que las enjalmas llevaban. 

Los pueblos eran hervideros los domingos, y los lunes se vaciaban hasta de los maestros de escuela y los curas párrocos. Los policías y los soldados se mantenían en alerta constante. Ni unos ni otros sabían ya de aquellos oficia- les que astutamente habían regalado a los indios huitotos uniformes del Ejército para que les cargaran los equipos de guerra cuando iban a combatir a los peruanos en Guapi; tampoco los policías recordaban a otros policías que se habían ahogado en el río Guaviare al arremolinarse en un costado del planchón en el que navegaban para ver los caimanes asoleándose en un playón. Eran las prime- ras autoridades que pasaban el raudal de Mapiripán hacia dónde medio siglo después los paramilitares entrarían a saco contra la población acusada de prestarles auxilio a las guerrillas. 

Más allá, por otros ríos de aguas cristalinas que el sol y las sombras de las matas de monte hacen cambiar de un anaranjado sutil a un sepia oscuro, nacen ojos de agua pro- tegidos por morichales y esteros, donde anidan las garzas que lograron sobrevivir a las grandes matanzas que por concesión permitía el Gobierno a particulares para exportar las plumas altivas de la cabeza de esos pájaros tristes para que las señoras de la crème de París las lucieran en sus sombreros extravagantes en Les Champs-Élysées. Los ríos que corren hacia el sur buscando el oriente se encuentran en la Estrella Fluvial que sedujo a Humboldt y a su amigo Bonpland con el espejismo de un río que corría en direcciones opuestas y comunicaba el Amazonas con el Orinoco. 

Más allá, digo ahora, donde comenzaba el abismo de lo desconocido, se navegaba por aguas negras que alimentaban el río Guainía, que había que remontar para llegar a la pata del cerro del Naquén, alto como una torre, desde donde miles de improvisados mineros colombianos competían con empresas brasileñas que desconocían la frontera para explotar el oro. La coca sufría en él Guaviare su primera caída de precios por superproducción y la gente que la volteaba a mercancía se echó un par de picas y una barra al hombro para buscar fortuna mineando. Allí topé al Joyero, que todo lo había vendido en Bogotá por irse tras el nuevo Dorado y terminó secuestrado por la guerrilla. Seguramente el hombre estuvo enamorado de la Gata, que echó sus hijos al lomo y buscando la vida llegó a manejar la remesa que cambiaba grameado por oro. En aquel cerro conocí a don Antonio, un guerrillero entrado en años que había sido compañero de Marulanda en Marquetalia. Era la autoridad, la única autoridad colombiana que dictaba la ley y la cobraba en la región. Me lo volví a topar —no hace mucho— más viejo, pero no menos convencido de su fe en Arauca, donde escribe sus memorias de guerra. Fue él quien me contó cómo se llegaba a La Uribe y cómo desde La Uribe, cogiendo el camino a Ucrania, a orillas del río Duda, podía encontrarme con las avanzadas de Manuel —así llamaba a Marulanda Vélez— y pedir una entrevista con el Viejo. Seguí la ruta que me trazó con un palo sobre un arenal y llegué una tarde a La Caucha, campamento del Secretariado que había autorizado mi entrada al Sancta- sanctórum de las Farc porque Alfonso Cano había sido compañero mío en la Universidad Nacional y porque el gobierno de Betancur andaba en negociaciones con la guerrilla. Con los relatos de los “alzados” comencé a escribir Trochas y fusiles, un libro que a muchas guerrilleras no les gustó porque no todas las “compañeras” lloraban al subir lomas con un bulto de cinco arrobas a la espalda. 

Para esos días ya había contado la otra violencia, la de los años cincuenta, con relatos de un viejo chulavita de Boavita —donde los chulavitas fueron criados por don Pepe Villarreal como guerreros defensores de Cristo y Bolívar que tronchaban cuerpos de los liberales después de oír hablar de un editorial de Laureano Gómez—. Nacianceno Ibarra me lo contó. Como me contaría después una mujer lo que fueron los Bombardeos de El Pato en el año ochenta, en el estadio de Neiva, donde miles de colonos habían marchado para denunciar el nuevo operativo del Ejército contra la región que Álvaro Gómez había sindicado como República Independiente. 

Una violencia que también me había contado en Soplaviento una mujer que había sido bella porque se sentía igual a la amante que había amado al general Gaitán Obeso cuando guerreaba en la costa y había sido derrotado en Cartagena porque Margarita, La otra Margarita, lo había enamorado la noche de la batalla a la que el general no llegó. 

Mariana tampoco llegó al entierro de su hijo, masacrado por los paramilitares cien años más tarde al borde del río Putumayo después de la matazón de El Tigre, tierra de caucho al comienzo del siglo y de petróleo al final. Un gigantesco cementerio clandestino. De esas tierras y de otras —de todas las tierras— salían en los sangrientos años del filo entre dos siglos los desterrados a buscar otras tierras dónde echar raíces y otros techos para guarecerse. Tierras y techos donde volvía a comenzar el ciclo de horror. 

Otros huían detrás de las promesas de una nueva vida hecha con bolitas de coca envueltas en guantes de cirugía y tragadas de afán. O aquel niño que no podía tomar agua del río porque temía que los cadáveres navegantes abrieran los ojos. Siento aún a ese niño que terminó de polizón en un barco turco del que fue botado en altamar como un fardo para que el capitán no tuviera que dar explicaciones en Nueva York por transportar menores de edad. 

A los viejos nos da por recordar aun lo que hemos escrito. 

 

Alfredo Molano 

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