Fuerte llamado a la resistencia en la conmemoración de los asesinados por paramilitares en la Masacre de la Sarna

13.12.2018 09:04

 

‘Sólo le pido a Dios

Que lo injusto no me sea indiferente

Que no me abofeteen la otra mejilla

Después que una garra me arañó esta suerte’

Por León Gieco con Mercedes Sosa

 

Artículo por Paul Salgado

 

Red de Hermandad y Solidaridad con Colombia (RedHer)

 

‘La élite desde hace mucho tiempo declaró la guerra a los pobres, a los campesinos, a los que se resisten a los crímenes contra la gente. Estamos aquí para conmemorar a quienes fueron masacrados por paramilitares hace 17 años, pero esta guerra continúa. Necesitamos mantener la fe y esperar, porque en una guerra, esperar es resistir, y un pueblo que resiste no puede ser destruido’.

Las palabras del sacerdote a veces se perdían en el viento del páramo de la alta montaña, pero aquellos que habían recorrido el largo y desolado camino para llegar a este lugar sombrío, hermoso y solitario, llamado ‘La Sarna’, en las montañas de Boyacá, no dejaron de escucharlas.

El padre Carlos Alberto Prias habló en una misa en memoria de 15 trabajadores y campesinos, asesinados por hombres pagados para cometer actos brutales de terror indiscriminado con la connivencia y la protección de un estado cuya élite no admitiría oposición.

La RedHer acompañó la conmemoración a las familias de los asesinados, y también a 1.000 compañeras y compañeros del Congreso de los Pueblos, Asociación Nacional Campesina José Antonio Galán Zorro (ASONALCA), la Asociación Nacional de Jóvenes y Estudiantes de Colombia (ANJECO), y otras organizaciones comunitarias que asistieron en solidaridad.

Hace diecisiete años, el sábado 1 de diciembre de 2001, hombres en uniformes militares detuvieron un pequeño autobús que había subido por la serpenteante carretera de la montaña de Sogamoso para llegar a La Sarna, en la meseta de 3.000 metros de altura, y que se dirigía al pequeño pueblo de Labranzagrande, aún a dos horas de distancia entre las montañas al borde de los llanos.

Los paramilitares ordenaron al conductor, Hernando Gómez Garavito, que bloqueara la carretera con el autobús, antes de disparar a las llantas. Después de obligar a los pasajeros a abandonar el autobús, los militares separaron a dos niños y una anciana, y ordenaron a los restantes, incluido el conductor del autobús y su asistente de 17 años, Luis Miguel Melo Espitia, que se acostaran boca abajo en la desolada carretera.

Esa mañana en diciembre, a la altura del páramo, el viento era frío, nubes bajas y grises cubrían las laderas rocosas de las montañas que ensombrecían el camino y una llovizna silenciaba el aire. Incluso si los cielos hubieran estado despejados, en este tramo del páramo no había otros caminos, ni ranchos, ni aldeas… nadie más para escuchar los disparos que terminaron con quince vidas.

Luis Angel Gil Orduz, de 30 años; Mercedes Rivera, 22; Luis Arturo Cárdenas, 29; Isidro Alba Guío, 54; Gonzalo Rincón Barrera, 30; José Antonio Monguí Pérez, 52, y Herminda Blanco de Peña, 44, eran trabajadores.

Abel Cudris Rodríguez, 52; José Bertulfo Noa Rosas, 50, y Jairo Isidoro Peña, 48, eran campesinos.

Tania Leonor Correa Pidiachi, 21; Jonh Fredy Poveda Bayona, 17, y Luis Alejandro Pérez Fernández, 22, eran estudiantes.

Junto con Hernando, el conductor del autobús, y Luis Miguel, su asistente, todos recibieron una bala de la cabeza.

Diez años más tarde, uno de los terroristas que participaron en los asesinatos declaró que un comandante del escuadrón de la muerte paramilitar Autodefensas Campesinas de Casanare (ACC) había acusado a todos en el autobús de ser guerrilleros del Ejército de Liberación Nacional (ELN), y ordenó arbitrariamente su ejecución.

Sin embargo, de acuerdo con las declaraciones de los paramilitares que se desmovilizaron bajo la ley de Justicia y Paz del 2005, que permitió a los terroristas confesar sus crímenes a cambio de penas de cárcel leves, los asesinatos fueron cometidos por las ACC como una demostración de fuerza, para declarar la ruta entre las montañas y los llanos como “su territorio” en una disputa con otros cárteles de droga paramilitarizados, y con la complicidad y protección de las Fuerzas Armadas de Colombia y de la policía.

Después de 17 años, el único hombre condenado por participar en la masacre ha sido un miembro de la Brigada de Inteligencia Militar del Estado colombiano, quien fue condenado a 40 años de cárcel por suministrar armas del ejército a los asesinos.

La evidencia ha sugerido que otro oficial de inteligencia militar coordinó la masacre, mientras que un tribunal ordenó que un ex comandante de un Batallón de Artillería del Ejército Colombiano, y también la policía local, fuera investigado por permitir a los paramilitares movilizarse libremente en el área.

En la conmemoración, las familias de los asesinados exigieron justicia y conocer la verdad sobre por qué sus familiares fueron asesinados con la complicidad del Estado. “Queremos una Colombia que nos respete a todos”, declaró una de las madres de las víctimas.

“Nuestro territorio es una tierra de paz, y nunca olvidaremos a quienes perdieron la vida injustamente”, insistió Carlos Alberto Monguí, de la organización campesina ASONALCA. “Los muertos no nos dejarán olvidarlos, y por esta razón, tenemos que organizarnos en su memoria”.

Un organizador de ANJECO, Jonathan Carmago, enfatizó que la impunidad de los paramilitares continúa en Colombia hasta el día de hoy: “Las garantías del Estado de no repetición de tal violencia son incumplidas cuando nuestros líderes de movimientos sociales están siendo encarcelados y estigmatizados por su trabajo en este momento”.

Una defensora de los derechos humanos del Congreso de los Pueblos en Boyacá, Tatiana Triana, instó a los campesinos y trabajadores a “continuar resistiendo y luchando por una vida digna, porque los sueños de los que murieron no murieron con ellos”.

 

El padre Prias, sacerdote de la Iglesia del Rosario en Sogamoso, terminó la misa conmemorativa con un contundente llamado a los colombianos a recordar que “la memoria de nuestros muertos fortalecen nuestra lucha”.

“No escuches las mentiras de RCN y Canal Caracol, no dejes que te engañen. Este es un país rico y no hay excusa para tanta hambre: son los 

ricos quienes roban el pan a los pobres. Rechazamos este crimen contra la gente porque Dios quiere una Colombia justa, donde podamos vivir con dignidad. Debemos hacer lo que podamos ahora: unirnos a las manifestaciones y huelgas de los estudiantes y los trabajadores porque otra Colombia es posible”.

FIN++