El Parque del «Descabezado» o de Camilo Torres y las luchas sociales en Barrancabermeja en los años ochenta

01.01.2020 22:24

Por Mauricio Archila Neira

Resumen: El parque del «Descabezado» o de Camilo Torres en Barrancabermeja hace parte de las memorias disputadas en torno a la destrucción del monumento a Camilo Torres en 1986 —a los 20 años de su muerte—, en medio de un auge de luchas en el país y en el Magdalena Medio. Luego de una reflexión sobre la memoria colectiva y los monumentos, se indaga sobre la historia del monumento, sus gestores iniciales y los varios ataques que recibió hasta la reconstrucción reciente del actual parque. Esta disputa obliga a mirar las luchas populares en el Magdalena Medio en el segundo lustro de los años ochenta, con la violencia que se incrementará en ese auge, de la cual el episodio del «Descabezado» es solo una representación simbólica.

Desconocidos descabezan el busto de Camilo Torres», tituló Vanguardia Liberal (16 de febrero de 1986) la noticia sobre el atentado cometido en Barrancabermeja contra el monumento en homenaje al sacerdote muerto en combate 20 años antes. Según versiones recogidas por el periódico, en la madrugada del sábado 15 de febrero de 1986 «cinco hombres armados llegaron en un campero verde del que descendieron y mientras uno subía al monumento con una porra en la mano, los restantes cuatro individuos con metralletas rodeaban el sitio» (p. 13). La revista cristiana Solidaridad, que estuvo presente en la ciudad durante esos días, informó posteriormente sobre el hecho con otros detalles: cinco personas con ametralladoras llegaron en un jeep, «pusieron manos arriba a los trabajadores que habían madrugado para continuar el trabajo», uno de ellos se subió al monumento en forma de V para «proceder a golpear a punta de mazo la cabeza (del busto) hasta hacerla desprender del resto del bronce» (n.° 72, marzo de 1986, p. 32)1. Se dice también que meses después otros desconocidos destruyeron el resto del busto (entrevista a Pedro Chaparro, 2019 y video de Acuña, 2010), algo que también ocurrió en Patio Cemento —el sitio exacto de la muerte de Camilo— en donde se había montado un altar con una cruz y una placa que contenía una leyenda alusiva al sacerdote guerrillero (Vanguardia Liberal, 13 de marzo de 1986, p. 13). Aunque  hay algunas variantes de esa versión de los hechos, especialmente desde los recuerdos reconstruidos posteriormente, ese es el núcleo básico de la narrativa del «Descabezado», como se conoció por mucho tiempo al parque Camilo Torres Restrepo en Barrancabermeja, lugar de disputa por la memoria en torno al conocido sacerdote revolucionario. 

Para entender estas luchas por el significado del pasado, haremos una aproximación conceptual y metodológica al tema, para luego ubicar brevemente el contexto de las luchas sociales en el puerto petrolero y en la región del Magdalena Medio. Posteriormente, analizaremos los avatares del proyecto de conmemoración de los 20 años de la muerte de Camilo, con el fin de retornar al escenario de la violencia en la conflictiva región, y desde allí extraer conclusiones sobre el significado de los eventos descritos. 

Memorias y monumentos 

La disputa por la memoria «colectiva», de la que nos habla Alessandro Portelli (1997) en el primer epígrafe, no será solamente por el nombre del parque, por los sucesos concretos de esos días o por los eventuales victimarios, sino, sobre todo, por el significado de los atentados que buscaban borrar la memoria de Camilo Torres Restrepo en Barrancabermeja y en el país. Ahí se hace evidente que esa memoria colectivamente construida está mediada por los intereses de quienes la alimentan o la debilitan. En efecto, la memoria, como lo hemos señalado en otra parte (Archila, 2017), es siempre materia de disputa, pues consiste en traer activamente el pasado al presente. Se trata de una materia viva que se apoya en la experiencia subjetiva pasada, y se recrea en los contextos, ideologías e intereses del presente. Según Maurice Halbwachs (2004), aunque la memoria se ejerce individualmente, suele estar moldeada por marcos sociales, máxime cuando se vuelve colectiva. 

Un aspecto que importa destacar en esta investigación es la dimensión espacial de las memorias. Para el mismo Halbwachs, «no hay memoria colectiva que no se desarrolle dentro de un marco espacial» (2004, p. 144). Los espacios físicos están cargados de significados, por lo que son un punto de referencia obligado del recuerdo social y ofrecen estabilidad a los grupos que directa o indirectamente están ligados a ellos. No sobra señalar que, de acuerdo con Reinhart Koselleck, el tiempo histórico es la articulación entre «el espacio de la experiencia y el ho- rizonte de expectativas» (1993, cap. 14). El espacio de la experiencia suele alimentar los recuerdos de los grupos humanos, especialmente en los pueblos indígenas, como oportunamente lo señalan los antropólogos. A Joanne Rappaport (1990), por ejemplo, le llama la atención la utilización de la geografía para enmarcar y contextualizar la historia de los nasa en el Cauca, una geografía sacra que permite revivir cotidianamente lo ocurrido y refuerza la continuidad moral del pasado en el presente. Por tanto, sus territorios son «documentos» para interpretar el pasado (cap. 6). Así, se entiende también que la memoria para ellos sea recorrer caminos hacia lugares cargados de significado.

 

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