Crimen sin castigo

17.08.2018 20:11

El atroz asesinato de los investigadores del Cinep Mario Calderón y Elsa Alvarado, ocurrido hace 10 años, aún no ha sido esclarecido.

Mario y Elsa. Dos nombres simples. Sin apellidos, ni edades, ni oficios. Sólo así, un nombre de hombre y otro de mujer, que mencionados juntos rememoran uno de los episodios más desgarradores de la violencia paramilitar. Una pareja de buenos seres humanos, inofensivos, cultos, enamorados, con un hijo de 19 meses de nacido, a los que una madrugada asesinaron cuando dormían en su cama. Hace 10 años la justicia investiga quién los mató y aún no sabe quién fue. 

El 19 de mayo de 1997 cuatro hombres llegaron al edificio Quinta de la Salle, en la calle 60 con carrera quinta en Bogotá, a las 2 de la mañana. Venían en varios carros que bloquearon la calle y se estacionaron frente al edificio. Los asesinos entraron, retuvieron a Arnulfo Mora, el portero, y uno de ellos se quedó ahí. Los otros tres subieron hasta el piso séptimo, se dirigieron al apartamento 702 y con un hacha rompieron la puerta. Carlos Alvarado y Elvira Chacón de Alvarado, padres de Elsa, descansaban en la sala, estaban de visita y fueron los primeros en recibir la balacera. Luego Mario, y después Elsa. El bebé no recibió un solo disparo. Sobrevivió a la barbarie, junto con la abuela, que se sobrepuso a las heridas. Los hombres salieron, bajaron a sus carros y se fueron. El ‘trabajo’ estaba hecho. Mario y Elsa estaban muertos. ¿A quién le servían esas muertes? 

Carlos Castaño, el jefe paramilitar al que mataron con todas sus verdades y mentiras, dijo alguna vez en privado a fuentes que le contaron a SEMANA, que este asesinato lo habían ordenado los “verdaderos” paramilitares. Quería hacer referencia a la posible participación de miembros de las Fuerzas Militares. Esos a los que siempre se les llama las ‘fuerzas oscuras’. En otra ocasión, Castaño mismo le contó al padre Gabriel Izquierdo, entonces director del Cinep y quien tenía mucha visibilidad pública, que ese asesinato se lo habían rifado entre los jefes de las autodefensas. Izquierdo, que al parecer era el verdadero objetivo de los ‘paras’, se salvó porque consideraron que matar a un cura causaría gran revuelo. 

Y así ha habido muchas versiones sobre la autoría de este crimen. La más cercana es la que señala que miembros de la célebre banda La Terraza de Medellín fueron los autores materiales. Según información de la Fiscalía, cuatro hombres fueron condenados. Juan Carlos González, a 60 años; Wálter Álvarez, a 45; Pablo Vargas, a 55 meses, y Gabriel Álvarez, a 20 meses. Cuatro más fueron absueltos hace un mes por el juzgado segundo penal de Bogotá. Entre ellos alias ‘El Zarco’, quien en un principio fue acusado por la Fiscalía de ser uno de los pistoleros de esa noche. Estas condenas y estas absoluciones no han abierto el camino para encontrar a los verdaderos autores y por el momento tampoco el proceso de Justicia y Paz parece ser el espacio para que el asesinato de Mario y Elsa se esclarezca. 

Aun así, ni sus familias, ni sus amigos, ni los visitantes de las más de un millón de referencias sobre el caso que aparecen en la Internet tienen esa expectativa. Este asesinato clasifica dentro de los “inconfesables” de los paras y es de esperar que esa sea una de las tantas verdades que no llegarán nunca. Pero no importa. El 19 de mayo próximo, en la Plaza de Bolívar, los que los recuerdan llegarán a conmemorar lo que fueron en vida y seguramente volverán a llorar su muerte. El pequeño hijo no estará presente porque su familia se ha encargado de que lleve una vida normal y de que ni su nombre sea mencionado. 

Mario fue cura. Así lo decidió desde muy joven porque tenía esa vocación de trabajar con la gente de las barriadas o del campo. Era de los que cogían el azadón para sembrar y luego el canasto para recoger. Nunca usó la sotana y le apostó con fuerza a la Teología de la Liberación. Estudió en París muchos años y de regreso a Colombia empezó a trabajar en las tierras que más tarde le pasarían su cuenta de cobro, Tierralta en Córdoba, y Sumapaz, en Cundinamarca. Fumaba y tomaba trago con amigos a los que convocaba con la facilidad de su palabra. Más viejo decidió dejar el sacerdocio. Estuvo acuñando la idea por años, hasta que se lanzó. Poco tiempo después se conoció con Elsa. Ella era una comunicadora social, llegada a Bogotá desde el Tolima. Pocos meses antes de la muerte había decidido concentrarse en su tarea de profesora y consultora, escribía sobre los medios de comunicación y las imágenes que creaban de la realidad. Su sonrisa atravesaba su cara de lado a lado y como Mario mismo lo contaba, había recibido su ‘colaboración’ para concebir un hijo. 

 

No eran los más conocidos investigadores del Cinep, no eran ni siquiera provocadores de izquierda profesionales, como los hay muchos. Eran dos personas tranquilas, inocentes, como tantas a las que asesinaron las corrompidas mentes que pensaron que matar era un mensaje necesario para alcanzar sus objetivos. Diez años después es posible reflexionar. ¿Los alcanzaron?