Coca y guerra, pensando en Catatumbo

09.05.2018 16:10

Por :Victor de Currea - Lugo

Hace varios años, un líder de las FARC me contaba que decidió salirse de la guerrilla cuando vio que la relación, entre ellos y los campesinos, empezó a desdibujarse, al darse a través del dinero. Más que un obsequio, era una relación clientelar; y ese dinero venía del narcotráfico.Este fenómeno hizo daño no solo a esa cotidianidad sino a todas las relaciones y al proyecto político de la guerrilla. 

 

Pero eso no fue una excepción. El Partido Panteras Negras, de las comunidades afrodescendientes en los Estados Unidos, se vio prácticamente destruido mediante el microtráfico, impulsado por agentes del gobierno. Así, las bases sociales terminaron envueltas en el consumo y hasta en pugnas entre distribuidores de drogas, afectando seriamente la construcción de una propuesta diferente al racismo estructural estadounidense. En Afganistán, los cultivos de opio dejaron de ser un medio para los talibán, para convertirse, en algunas zonas, en el fin único de algunos de esos grupos.

Es obvio que la economía de guerra no se resuelve, en el caso de grupos ilegales, fácilmente con actividades legales ni a pequeña escala. No es vendiendo arepas en la esquina como una organización armada logra su financiación, pero eso no es un cheque en blanco para cualquier tipo de prácticas.

 

Con otra sustancia, pero con igual perversión, se ha hecho mucho daño a las comunidades indígenas en Colombia. En Cauca o el Sarare, estas comunidades han cedido, por su creciente adicción al licor, en su visión de vida, su proyecto colectivo y sus luchas sociales.


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