Antología de Crónica Periodística.

06.11.2019 12:01

Con cierta nostalgia no exenta de una sutil alegría, he revivido en estos relatos autobiográficos y de personajes anónimos los días en que todo lo que caía en mis manos era nuevo: el río Guayabero con sus orillas desbarrancándose en la época de la lluvia blanca y de crecientes llamadas conejeras que arrancaban árboles gigantescos como si fueran hojas secas; las colonas haciendo cola en las peluquerías de San José del Guaviare para mandarse cortar el pelo y maquillarse, dejando sus botas de caucho en la entrada; las droguerías —las farmacias habían pasado de moda— llenas de gente esperando turno para inyectarse sueros reconstituyentes —azules, rojos y morados—, y unas casas en la periferia de pueblos nuevos a donde llegaban los campesinos con caras temblorosas y salían res- plandecientes de felicidad, pisando firme y mirando a la cara. Era otro mundo. 

Un mundo que parecía recién nacido, cuyo secreto todos conocían y sobre el cual nadie osaba hablar, como si al nombrarlo fuera a escabullirse. Eran gentes que traían a cuestas un pasado ignominioso y miserable, que habían atravesado el valle del Magdalena y trasmontado la Cordillera Oriental para tumbar la selva y encontrar un lugar donde los niños pudieran volver a comer panela, las muje- res leche de la palma milpé para amamantar a sus crías y las bestias revolcarse en el suelo para quitarse el peso de las enjalmas y el peso que las enjalmas llevaban. 

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